Hong Kong no es solo una lista de atracciones
Por qué decidí vivir la ciudad y no correr
Con los años he aprendido que las check list imposibles de los sitios que visito, lo único que me traen es agotamiento, sobre todo mental y no acabas apreciando los que visitas.
En Hong Kong decidí cuidarme y solo ver lo que el cuerpo me pidiera o me diera.
Empecé a viajar otra vez, después de pocos años sin moverme y solo trabajar, después del ictus y me incapacitarán. Los primeros años devorando países enteros, cumpliendo check lists que ahora me vería incapaz de cumplir.
Aprender a viajar (de nuevo) con un cuerpo que cambió
Con los años se han ido añadiendo más patologías, sobre todo una artropatía que me hizo odiar Japón. Un país sin bancos en la calle donde sentarse y recuperar la pierna. Con el tiempo aprendí a llevar bien lo de la pierna, pero claro, el ritmo es otro.
Las grandes ciudades, como Hong Kong, me dan la ventaja del transporte público que te acerca a muchos sitios, pero cuando empezamos con subidas y escaleras, se me truncan los planes.
El incendio en un bloque de viviendas enorme en Hong Kong
Llegué justo después de un grave incendio en un bloque de viviendas, con numerosas víctimas y centenares de desaparecidos. La ciudad estaba envuelta en tristeza y homenajes, y eso marcó mi estancia. Espectáculos turísticos suspendidos temporalmente, un ambiente que como no podía ser de otra manera, de la empatía lógica me hizo sentir más que ver.
Si estás organizando tu viaje y quieres tener claro cómo llegar desde el aeropuerto, moverte en transporte público o qué necesitas antes de viajar, tengo una guía práctica donde lo explico paso a paso
👉 Cómo moverse por Hong Kong y todo lo que necesitas saber antes de viajar.
Viajar a Hong Kong: la mejor forma de conocerla
Contrastes entre rascacielos y barrios tradicionales
Siempre me han fascinado los rascacielos. No por el lujo ni por la postal perfecta, sino por lo que representan: la ambición humana llevada al límite. Me gusta mirarlos desde abajo y sentir que desafían cualquier lógica. Y si puedo subir, mejor. Subir es entender la ciudad desde otra escala, reducir el caos a líneas ordenadas y recordar que todo, incluso lo inmenso, cabe en un encuadre.
En Hong Kong esa fascinación encuentra su escenario natural. Pero curiosamente, lo que más disfruté no fue subir a uno de ellos, sino sentarme frente a todos.
Hay algo casi hipnótico en el paseo de Kowloon, mirando el skyline de la isla de Hong Kong al otro lado del agua. Los edificios no son solo edificios: son una muralla de cristal que cambia de color según la hora del día. Por la tarde se apagan en tonos grises y azulados; al anochecer empiezan a encenderse como si alguien hubiera decidido que la ciudad no puede permitirse la oscuridad.

También pasé ratos largos cerca de la terminal de ferris, junto a la noria, viendo cómo los barcos cruzaban de un lado a otro. No hacía nada más que mirar. Ferris que van y vienen, cargueros lentos, pequeñas embarcaciones atravesando el puerto con una precisión casi coreografiada. Y al fondo, esa pared vertical recordándote que Hong Kong no creció hacia los lados, sino hacia arriba.
Desde ese banco, sin prisas, los rascacielos dejaron de ser símbolos de poder para convertirse en paisaje. Y el contraste era evidente: a mi espalda, calles estrechas, mercados, ropa tendida, carteles antiguos; frente a mí, vidrio, acero y millones de ventanas reflejando el mar.
Hong Kong vive en esa tensión constante entre lo que fue y lo que quiere ser. Entre el barrio que huele a sopa recién hecha y la torre que parece diseñada para el próximo siglo. Y quizá por eso me gusta tanto mirarla desde el agua: porque ahí, a cierta distancia, todo encaja.
La famosa A Symphony of Lights, ese espectáculo nocturno en el que los rascacielos se sincronizan en un juego de luces y música sobre la bahía, estaba suspendida durante los días que estuve en la ciudad, en señal de duelo por el incendio reciente. No hubo láseres, ni música, ni aplausos.
Y, sin embargo, cada noche a las ocho yo estaba allí.

No para ver un show —porque no lo había—, sino para mirar los edificios encendidos en silencio. Sin coreografía, sin artificio. Solo la ciudad iluminada como cualquier otro día, pero con una contención distinta, casi solemne.
Quizá fue incluso más honesto así. Sin espectáculo turístico, sin flashes. Solo el skyline respirando en silencio y yo, al otro lado del agua, respetando ese momento. Como si estar allí, quieto, fuera también una forma de acompañar a la ciudad.
Frente al skyline, sin necesidad de conquistarlo
La Torre del Reloj y el paseo de Kowloon: mi templo de la quietud
Podría haber hecho cola para el Peak Tram para subir de noche. Podría haber subido al piso 100 del ICC. Podría haber buscado la mejor azotea con la mejor cocktail con vistas. Pero ese día, con la garganta aún resentida y las piernas pidiendo tregua, lo único que quería era llegar a algún sitio donde sentarme y que el mundo viniera a mí.
La Torre del Reloj de Tsim Sha Tsui, erguida y testigo, me esperaba al final del paseo. No pedía entrada, no exigía esfuerzo. Solo estaba ahí, como un faro para viajeros cansados. Me acerqué, busqué un banco con buena perspectiva y me dejé caer.

Y entonces ocurrió el milagro de no hacer nada.
Delante de mí, la bahía de Victoria. Al otro lado, la postal perfecta de Hong Kong: los rascacielos de la isla, afilados, brillantes, casi agresivos en su belleza. Pero yo no estaba allí para conquistarlos, no necesitaba subir a sus alturas. Estaba allí para verlos respirar desde la distancia, como quien observa una tormenta desde la ventana de su casa, a salvo.
El cielo cambiaba de luz. Los barcos pasaban lentos, cargados de contenedores de colores. El ferry de Star Ferry cruzaba una y otra vez, dejando una estela que se abría y se cerraba como un suspiro. Y yo, sentado en mi banco, formaba parte de ese paisaje sin necesidad de escalarlo.
El banco donde entendí que no necesitaba subir
Hubo un momento, mientras el sol empezaba a esconderse tras los edificios y las primeras luces titilaban en el puerto, en que entendí algo: no todos los viajeros tenemos que llegar a la cima. Algunos nos quedamos en la base, miramos hacia arriba y sentimos el vértigo desde abajo. Y eso también es viajar.
Allí sentado, con la brisa húmeda en la cara y el rumor de la ciudad como banda sonora, no cambiaba mi situación: seguía convaleciente, seguía con mis limitaciones. Pero por un rato, eso no importó. Porque no necesitaba estar arriba para sentir que Hong Kong me había regalado una de sus mejores vistas: la de un viajero en paz, frente al skyline, sin necesidad de poseerlo.
La noria y la bahía al anochecer
Al otro lado de la bahía tenía la Observation wheel, también paseé por esa zona. Era sábado y había muchas familias subiendo a la noria y muchos jóvenes haciendo post de Tik tok. El precio de subir a la noria era de 20HKD, unos dos euros. La verdad, no me apeteció subir, y eso que a mí me chifla subir edificios o atracciones.

Seguí mi paseo por las pasarelas de los embarcaderos de los ferris, un lugar tranquilo, sin tanta multitud, con el agua al lado que me daba calma, me quede rato viendo cómo iban y venían los ferris, incluso estuve viendo una boda en un yate, curioso de ver.

Detrás mío una montaña de edificios que al anochecer proporcionaban un gran espectáculo pero visto desde la otra orilla, aquí solo intimidaban.
La verticalidad de Hong Kong Island
La llegada a Hong Kong Island
La llegada a Hong Kong es curiosa: tú coges un metro Kowloon y de repente apareces en la isla de Hong Kong sin darte cuenta de que has cruzado la bahía por debajo.
Llegas y al menos en sábado, varias cosas te llaman la atención. La primera, sin lugar a dudas, fue una multitud de mujeres sentadas por la acera, maquillándose unas a otras como si fueran salones de belleza; había tantas que te hacía difícil moverte cerca de la estación.

Otra cosa era que de repente estabas en una ciudad en la que no dejaban de pasar tranvías de dos pisos.

Continué andando y seguía habiendo mujeres maquillándose, pero, al que encarabas un poco hacia el mar, la avenida de abajo, las aceras estaban llenas de grupos de mujeres sentadas en el suelo, haciendo picnics en grupitos, pero muchas y con una logística espectacular para cocinar, pero no era para vender, sino para ellas. Muy curioso, pero no lo entendí.

El Bank of China y mi obsesión por los rascacielos
Siempre cuento lo mismo: que me encanta subir a rascacielos y ver la ciudad desde otra perspectiva. Bank of China era un edificio que quería ver, ya sabía que no subiría; subir solo se puede entre semana y es gratis. Estábamos en sábado, no había opción, así y todo, impone verlo desde abajo. El edificio que me encantó es el que hay enfrente, tiene unas formas muy atractivas.

Subir a Victoria Peak cuando el cuerpo lo permite
Cuando estás en el Bank of China, al lado tienes una calle que hace subida; esa es la calle que uno debe tomar para ir al funicular que te llevará arriba. A mitad de cuesta verás que todo el mundo cruza hacia un parking y allí está el funicular. No te preocupes, está bien indicado; desde abajo hay carteles indicándote Tram Peak.
Precios:
Solo Peak Tram ida/vuelta (día laborable): HKD 88 ≈ 10,40 EUR.
Combo Sky Pass (tram ida/vuelta + Sky Terrace): HKD 144 ≈ 17 EUR (laborable) o más en fines de semana (hasta HKD 298 premium).Al llegar al andén verás varias filas delimitadas con cintas. La mayoría de la gente se coloca en las primeras, justo frente a las puertas delanteras del funicular. Si no eres de los primeros en esas filas, es muy probable que acabes en el pasillo, sin ventana.
En cambio, si te sitúas en una fila más centrada (no en las primeras), tendrás más opciones de sentarte junto a la ventana. Subiendo hacia el Victoria Peak, el mejor lado es el derecho, que es donde se abren las vistas del skyline.
Siguiendo la vía del funicular, verás algún valiente que sube a pie, yo hace más de 30 años que no sería capaz.

Tram Peak Salir a la terraza del Victoria Peak
Al llegar arriba, estarás en un centro comercial. Has de subir las escaleras hasta arriba, enseñar el tiquet y podrás salir a la terraza. No hagas como yo, pensando que con el del tram me valía y no tuve que bajar otra vez para comprarlo en la primera planta.

Vistas desde el Victoria Peak Si quieres ahorrarte la entrada de la terraza, en la cuarta planta encontrarás una terraza con vistas a la ciudad, totalmente gratis. Al menos aquí hay menos gente que en la terraza de arriba. No sé, a mí la curiosidad me pudo y subí arriba del todo, pero no es una mala opción esta cuarta planta.

Vistas desde la cuarta planta del centro comercial
Monster Building y la densidad real
Para llegar aquí, has de coger el metro hasta Quarry Bay Station, estaras en Kings Road, camina por ella menos de 500 m y enseguida llegaras.
Lo que realmente cuesta es encontrar la entrada al patio. Verás gente cogiendo la subida de Yau man st, pero esa no es, el edificio sí es, pero has de seguir por Kings Road para encontrar la entrada.

Es interesante de ver y de fotografiar, pero también resulta incómodo estar allí. La sensación es extraña: estás observando cómo vive la gente mientras ellos siguen con su rutina diaria.

Al cabo de unos minutos te desinhibes un poco, sobre todo al ver a tantos turistas haciendo fotos, mientras los vecinos continúan con su vida: tomando té en el patio o jugando al mahjong.

Al salir de allí, para despejarme, me subí a los tranvías de Hong Kong y estuve dando vueltas sin rumbo. Como un niño pequeño, en la parte de arriba y en primera fila.


Soy planificador de viajes y blogger desde 2005. Mi pasión por viajar comenzó muy pronto: tenía poco más de un año cuando visité el Loira y París, aunque, claro, no recuerdo nada. Desde entonces, viajar ha sido una constante en mi vida.















